sábado, 16 de abril de 2011

Hannah y las muñequitas de barro


Estaba creciendo cada vez más, era deforme, gigante y monstruosa. Todos los días cuando se miraba en el espejo trataba de imaginarse cómo sería la vida sin ella…
Los reproductores mentales habían fracasado y el dios mundano de todos se le había muerto hacía tiempo. Sí,  aquella vez cuando decidió no ser parte del trueque de almas. Supo entonces que si el lugar común del conformismo se convierte en hastío, ya no hay chance para lo nuevo. Hasta la diferencia es una marca registrada en la tierra de los logos. Los cara de nada le endulzaron la vida para que ocupara el estante asignado a las muñequitas de barro, ellas siempre ríen al unísono mientras ensayan nuevos gestos y poses.
Releería las páginas del libro que siempre leía, tal vez esta vez el equilibrista no se moriría. Un Dios muerto de risa y un camello la esperarían para ir a dar una vuelta por el eterno retorno. Supo que era así desde antes de nacer y no pudo lamentarlo. Cargaba siempre la existencia a cuestas sin lugar vacante para la negación.
Transitó por las galerías de convenciones de televisores con su miseria de última moda. La sonrisa impostada de los cara de nada (raza evolucionada más allá de la conexión-desconexión) no logró convencerla para que se uniera a ellos. Le ofrecieron todo, le mostraron un uniforme hecho a su medida pero con diferentes colores.
- Ahora todos y al mismo tiempo vamos a lograr lo que queremos. Sólo tienes que agregar horas y sumar puntos de colores para tu vestido. ¡Y no pierdas el tiempo decidiendo, que no hace falta!- le gritaron acompasados a los pasos de baile de las muñequitas.
Buscó quien la ayudara a encontrar la salida y observó cómo todas bailaban hipnotizadas sin advertir sus preguntas.
-¿Alguien que me diga por favor si sabe como salir de acá?- rogó entre la música cacofónica y las coreografías interminables.
 Le contestaron riendo. Una se le acercó y le recitó:
- Mírame qué bella soy,
¿no soy la perfección?
Mis almohadas blandas son,
mi cabeza una ilusión.
Para arriba, para abajo,
todo el día paso yo.
Junto puntos de colores
practicando nuevos pasos:
uno, dos, uno, dos,
uno, dos, uno, dos…

- ¡Vamos todos: uno, dos, uno, dos!- marcaron el ritmo los cara de nada.
Se la llevaron por delante y la empujaron contra un escaparate con luces brillantes. Golpeó el vidrio intentando romperlo, pero no pudo. Encontró una grieta y la golpeó con fuerza con uno de sus pies. El vidrio se quebró y una astilla se le clavó en una de las piernas. La arrancó y se quedó mareada observando la sangre. Sus dedos eran dobles y se agitaban suavemente como llamas. Sintió dolor y sin detenerse cruzó al otro lado. La misma calle de siempre la esperaba. Quiso haberlo soñado todo, aunque temió nunca poder despertarse.
-Es el espacio en sus cabezas lo que los mata- pensó mientras subía los escalones de su casa.

sábado, 2 de abril de 2011

Hannah y su presente



Había hecho todo lo que podía y finalmente se le habían agotado los recursos. El problema es que lo había intentado ya como tres veces y la resignación no aparecía. Se engañaba creyendo que algún día sería aquello que no debía ser. ¿Cuál era la interferencia entre su razón y su emoción? ¿Por qué se resistía a aceptarlo? Necesitaba algo distinto que le mostrara el por qué. ¿Es que siempre tenía tanto para dar a quien estaba harto de recibirlo? Tal vez eso de buscar la figurita difícil era un remanente de su otra vida. La verdad es que estaba cansada de las causas perdidas. Tal vez cuando dejara de luchar el tiempo le daría una tregua. Sabía que la merecía.
Estaba empezando a amanecer y caminaba rumbo a su casa. Se preguntaba cómo sería ese mismo día al año siguiente. Decidió que pondría la energía en otra cosa y que ya no se esforzaría. También quiso prometerse que por la mañana no cambiaría de opinión. Las resoluciones tomadas sin dormir se evaporan igual que promesas como dejar de fumar, empezar el lunes el gimnasio o hacer ese curso mil veces postergado. Son momentos de lucidez efímera que después no queremos ver.
Pero algo le decía que esta vez iba  a ser diferente aunque tuviera que plantarse en el desierto. Todo se desdibujaría y no tendría direcciones para saber hacia dónde dirigirse. Tendría que perderse para encontrarse como dijo alguien una vez. No era momento para mirar atrás, pero la retrospectiva de su vida le indicaba que siempre había sabido por dónde ir a pesar de todo. A pesar de tener los ojos deshechos ciertos días y de tener que ser consciente de ello (lo que resultaba aún peor). Porque a veces lo que queda no siempre es la esperanza, sino ese sentimiento tan auténtico que tiene mala prensa. Ese sentimiento que aunque no se lo quiera y se lo evite nos pertenece después de los huracanes. Como le dijo un amigo una vez, ese que tiene la culpa de la existencia de la mayoría de las cosas que te gustan.
Lo peor había pasado por eso iba a seguir su rumbo tratando de despreocuparse y confiando en que finalmente las partes se acomodarían al todo. Ya se había hermanado lo suficiente con su dolor y se habían dado la mano como viejos amigos. Ahora estaba dispuesta a empezar desde cero su marcha hacia la nada, hacia la alegría de ese instante inesperado de iluminación.

lunes, 31 de enero de 2011

Hannah y el caos

Detuvo el motor y la miró a los ojos. Supo que le pertenecía.
Ella había pasado mucho tiempo tratando de evitarlo porque presentía los problemas. Si por ejemplo estaba en un lugar lleno de gente, contaba cuántas personas vestían de rojo o se embarcaba en conversaciones fútiles. No les resultaba fácil tirar la primera piedra y la tensión de la espera agregaba un toque agridulce. Ambos sabían que ya era tarde para curarse.
Ella había estudiado sus movimientos largo tiempo y se había detenido en lugares insospechados como el vello de sus brazos o los cordones gastados de sus zapatillas. Sabía que se comía las uñas y se daba cuenta cuando estaba triste por el brillo de sus ojos. El a veces no podía disimular que le gustaba y cuando se descuidaba le dirigía una de sus largas miradas.
Estuvieron meses en una suerte de absurda guerra fría de aparente indiferencia. Pero ya tenían la idea y era sólo cuestión de tiempo para que se pusieran de acuerdo. La calma antes de la tormenta estaba por quebrarse.
Esa noche era ahora o nunca para ellos. Más ahora que nunca a partir del momento en que él se ofreció para llevarla.
 - No me digas que nunca pensaste algo como eso- le dijo él en el semáforo.
 - Sí, es cierto. Vos sabés mejor que yo como termina la historia y miento si te digo que no- le contestó ella cuando cruzaban la calle.
- Y como nadie se dio cuenta, después la embarrás del todo porque ya que te ensuciaste…
- Es el sabor de hacer lo que se supone que no se debe hacer, ¿no?
El asintió y dobló en la esquina. La última frase resonaba entre ellos. El la miró detenidamente mientras ella le indicaba dónde quedaba su casa. Observó con atención el movimiento de sus manos señalando y el color de sus uñas. Ella se dio vuelta y advirtió lo que decían sus ojos. No se esforzó por ocultarse porque ya no tenían por qué resistir al aire que libremente fluía. Ya no tenían que dar ni que pedir consejos. Ni que pensar en hacer las compras o en trabajar hasta tarde. Nada. No había nada entre ellos que lo tenían todo: un hermoso caos esperándolos.