miércoles, 10 de agosto de 2011

J.D.D


Debía vencerse a sí misma le dijeron, pero ella había firmado el armisticio antes de la guerra. Iba a dejar que otro lo gritara y tuviera su momento. Ella no quería su momento, no lo había pedido por cuestión de principios y se lamentaba de no haber podido escaparse a tiempo. Actuó por impulso, conmovida por el dolor propio y ajeno, mientras muchos se ensuciaban las manos con la sangre derramada. Muchos con las manos limpias cansadas de lavárselas porque siempre las tenían sucias. Siempre atentas esperando su tajada y dispuestas a hacer lo que sea por una parte del todo.
Nadie oía ni veía en la tierra de la nada y los eufemismos estaban a la orden del día en el momento en que había que pensar. Así las vidas se sucedían y las muertes cotidianas se ninguneaban.
Ingenuos seguirían siendo aquellos que creyeran en algo que no valía nada y con lo que no pudieran ser comprados. Esperaba que el pan se les atragantara a los que dirigían el circo de los sin escrúpulos. Los héroes con pies de barro de la próxima cosecha ya estaban designados y sólo restaba elegir al que resultara menos malo. A veces le costaba creer el grado de delirio colectivo alimentado por argumentos predigeridos vía digital (la política de la nueva era le decían).
Podían acusarla del cargo de blanda, cobarde o idealista, pero nunca de idiota o ventajera. Subestimar a alguien es insultarlo dos veces: creer que no es capaz de pensar y no dejar que lo haga. No tenía una parte en el asunto, no ganaba nada con ello y por eso le dolía la realidad cotidiana de los que vivían a costa del otro. Sabía que no era la única y a veces se preguntaba si habría un día para ellos.







lunes, 18 de julio de 2011

Un cero a la izquierda


Quisiste bendiciones,
unciones antes de tiempo.
Lloraste solo
y te aturdiste porque
el aire te quemaba
y le pediste agua a las rosas
que se te marchitaron.


Estaba a punto de salir a comprar cigarrillos, pero recordó que no fumaba. Observó la escena que transcurría a su alrededor y pensó qué sería de su vida en poco tiempo. Había pedido con fuerzas algo, con sus ojos deshechos, pero el tedio la estaba cansando. Se asustaba a veces pensando que su vida era distinta a lo que debía ser. Revolverlo todo era su especialidad, pero hubiera deseado haber nacido con falsa conciencia.
La letra resonaba en su mente y se refractaba en mil emociones. Era un ser sensible, encerrado en su propia trampa y ella se lo hubiera querido decir a través de sus murallas preventivas. Le hubiera dicho que después de escucharlo, había escrito un poema inconcluso que nunca se podría perder en el ciberespacio y del que sólo le quedaban fragmentos existenciales. Su poema era como un niño abortado antes de nacer. Un grito silencioso. Sabía que él probablemente no se asustaría si se lo decía todo, acostumbrado a los golpes como estaba. Si ella hubiera sido distinta, le habría dicho la verdad. Si él hubiera sido distinto, las cosas no serían como eran.
Entonces sólo le quedaba eso, un despojo de poema sin título como un niño huérfano y errante. Un poema que se semejaba a su inspiración: un amasijo de sangre y sentimiento, un alma blanca y baldía, una letra sin música ni músico que la interprete. Un poema que no es más que un cero a la izquierda, deambulando solo en el mundo de los pares…

(Silencio es todo lo que queda.)

"Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar". Ludwig Wittgenstein

sábado, 7 de mayo de 2011

Hannah y su herida (Vuelta al pasado)


Luego de su liberación, en la zona de su herida le empezó a crecer un bulto. Una vez soñó que se convertía en una masa deforme, gigante y monstruosa. Todos los días cuando se miraba en el espejo trataba de imaginarse cómo sería la vida sin ella.
Un punto sin retorno era su vida y cuando lo miraba todos los días se daba cuenta que ya no se querían. No sólo ya no lo amaba sino que detestaba su sola presencia y se sentía mal por seguir necesitándolo. La distancia entre ellos era cada vez mayor y las anteojeras le molestaban en los ojos. Si él pudiera ver las cosas como eran antes del mercadeo de los cara de nada. Pero se dio cuenta cuando miraba en sus ojos que él no tenía ni idea de nada y que era uno más de ellos. Se sintió culpable por sentir pena.
Un día cuando estaba en el trabajo evitando a su jefe, la herida comenzó a laterle. También le sucedía cuando ponía la mente en blanco para no contestarle mal a un cliente. Entonces comenzó a ver las sombras y se dio cuenta que dormía con el enemigo. La herida latía cada vez más fuerte y resultaba difícil disimular. Por las noches antes de dormir se preguntaba cuándo estallaría.
Estaba fuera de ella, se sentía separada de todo, anexada en un mundo propio que no sabía si era real o existía sólo en su cabeza. Estaba enajenada todos los días un poco más: en su trabajo, con su novio y en las conversaciones con ciertas personas. Necesitaba escaparse antes de que las sombras se apropiaran de ella.
- Todo para su living, contamos con un stock de más 400 sillones. ¡Pase por nuestra sucursal más cercana!- dijo el locutor del aviso radial estirando las últimas palabras.
- ¿El lunes te parece si vamos nena? Tenemos que cambiar el nuestro, ¿no te parece?
- ¿Qué?- no lo había escuchado mientras pensaba cómo hacer para dejarlo.
- Te decía de cambiar el sillón, ¿te sentís bien? Si es tu jefe de nuevo, cuando lleguemos a casa te vas a olvidar de todo- le dijo sonriendo.
- Como quieras, todo está bien. Estoy un poco cansada nada más…
El estacionó el auto y ella pensó automáticamente en no entrar. Pero no pudo hacerse cargo y abortó la idea.
A la mañana siguiente se sintió peor y cuando se estaba por meter en la ducha la vio: grande, monstruosa, esa parte de ella en su pierna que pugnaba por explotar en un mar de pus. Esa parte que negaba, que intentaba alejar pero que como una presencia constante le recordaba la vida que ya no quería. Resolvió que ya era suficiente, tomó una gasa, la embebió en alcohol y presionó con todas sus fuerzas. Sintió el mareo al ver la sangre y el mismo dolor que cuando dejó el escaparate. Estiró su mano de diez dedos para sujetarse a las canillas de la pileta. Lo vio todo en un segundo: las mentiras de él, la desidia entre ellos y las noches gastadas en vano. Sintió que ya no era ella, que esa era parte de una historia remota en la que había participado y que ahora estaba muerta. Respiró hondo por primera vez después de mucho tiempo: se dio cuenta que era libre porque ya no lo quería. Todavía un poco mareada decidió preparar el desayuno y armar las valijas.