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sábado, 7 de mayo de 2011

Hannah y su herida (Vuelta al pasado)


Luego de su liberación, en la zona de su herida le empezó a crecer un bulto. Una vez soñó que se convertía en una masa deforme, gigante y monstruosa. Todos los días cuando se miraba en el espejo trataba de imaginarse cómo sería la vida sin ella.
Un punto sin retorno era su vida y cuando lo miraba todos los días se daba cuenta que ya no se querían. No sólo ya no lo amaba sino que detestaba su sola presencia y se sentía mal por seguir necesitándolo. La distancia entre ellos era cada vez mayor y las anteojeras le molestaban en los ojos. Si él pudiera ver las cosas como eran antes del mercadeo de los cara de nada. Pero se dio cuenta cuando miraba en sus ojos que él no tenía ni idea de nada y que era uno más de ellos. Se sintió culpable por sentir pena.
Un día cuando estaba en el trabajo evitando a su jefe, la herida comenzó a laterle. También le sucedía cuando ponía la mente en blanco para no contestarle mal a un cliente. Entonces comenzó a ver las sombras y se dio cuenta que dormía con el enemigo. La herida latía cada vez más fuerte y resultaba difícil disimular. Por las noches antes de dormir se preguntaba cuándo estallaría.
Estaba fuera de ella, se sentía separada de todo, anexada en un mundo propio que no sabía si era real o existía sólo en su cabeza. Estaba enajenada todos los días un poco más: en su trabajo, con su novio y en las conversaciones con ciertas personas. Necesitaba escaparse antes de que las sombras se apropiaran de ella.
- Todo para su living, contamos con un stock de más 400 sillones. ¡Pase por nuestra sucursal más cercana!- dijo el locutor del aviso radial estirando las últimas palabras.
- ¿El lunes te parece si vamos nena? Tenemos que cambiar el nuestro, ¿no te parece?
- ¿Qué?- no lo había escuchado mientras pensaba cómo hacer para dejarlo.
- Te decía de cambiar el sillón, ¿te sentís bien? Si es tu jefe de nuevo, cuando lleguemos a casa te vas a olvidar de todo- le dijo sonriendo.
- Como quieras, todo está bien. Estoy un poco cansada nada más…
El estacionó el auto y ella pensó automáticamente en no entrar. Pero no pudo hacerse cargo y abortó la idea.
A la mañana siguiente se sintió peor y cuando se estaba por meter en la ducha la vio: grande, monstruosa, esa parte de ella en su pierna que pugnaba por explotar en un mar de pus. Esa parte que negaba, que intentaba alejar pero que como una presencia constante le recordaba la vida que ya no quería. Resolvió que ya era suficiente, tomó una gasa, la embebió en alcohol y presionó con todas sus fuerzas. Sintió el mareo al ver la sangre y el mismo dolor que cuando dejó el escaparate. Estiró su mano de diez dedos para sujetarse a las canillas de la pileta. Lo vio todo en un segundo: las mentiras de él, la desidia entre ellos y las noches gastadas en vano. Sintió que ya no era ella, que esa era parte de una historia remota en la que había participado y que ahora estaba muerta. Respiró hondo por primera vez después de mucho tiempo: se dio cuenta que era libre porque ya no lo quería. Todavía un poco mareada decidió preparar el desayuno y armar las valijas.

sábado, 16 de abril de 2011

Hannah y las muñequitas de barro


Estaba creciendo cada vez más, era deforme, gigante y monstruosa. Todos los días cuando se miraba en el espejo trataba de imaginarse cómo sería la vida sin ella…
Los reproductores mentales habían fracasado y el dios mundano de todos se le había muerto hacía tiempo. Sí,  aquella vez cuando decidió no ser parte del trueque de almas. Supo entonces que si el lugar común del conformismo se convierte en hastío, ya no hay chance para lo nuevo. Hasta la diferencia es una marca registrada en la tierra de los logos. Los cara de nada le endulzaron la vida para que ocupara el estante asignado a las muñequitas de barro, ellas siempre ríen al unísono mientras ensayan nuevos gestos y poses.
Releería las páginas del libro que siempre leía, tal vez esta vez el equilibrista no se moriría. Un Dios muerto de risa y un camello la esperarían para ir a dar una vuelta por el eterno retorno. Supo que era así desde antes de nacer y no pudo lamentarlo. Cargaba siempre la existencia a cuestas sin lugar vacante para la negación.
Transitó por las galerías de convenciones de televisores con su miseria de última moda. La sonrisa impostada de los cara de nada (raza evolucionada más allá de la conexión-desconexión) no logró convencerla para que se uniera a ellos. Le ofrecieron todo, le mostraron un uniforme hecho a su medida pero con diferentes colores.
- Ahora todos y al mismo tiempo vamos a lograr lo que queremos. Sólo tienes que agregar horas y sumar puntos de colores para tu vestido. ¡Y no pierdas el tiempo decidiendo, que no hace falta!- le gritaron acompasados a los pasos de baile de las muñequitas.
Buscó quien la ayudara a encontrar la salida y observó cómo todas bailaban hipnotizadas sin advertir sus preguntas.
-¿Alguien que me diga por favor si sabe como salir de acá?- rogó entre la música cacofónica y las coreografías interminables.
 Le contestaron riendo. Una se le acercó y le recitó:
- Mírame qué bella soy,
¿no soy la perfección?
Mis almohadas blandas son,
mi cabeza una ilusión.
Para arriba, para abajo,
todo el día paso yo.
Junto puntos de colores
practicando nuevos pasos:
uno, dos, uno, dos,
uno, dos, uno, dos…

- ¡Vamos todos: uno, dos, uno, dos!- marcaron el ritmo los cara de nada.
Se la llevaron por delante y la empujaron contra un escaparate con luces brillantes. Golpeó el vidrio intentando romperlo, pero no pudo. Encontró una grieta y la golpeó con fuerza con uno de sus pies. El vidrio se quebró y una astilla se le clavó en una de las piernas. La arrancó y se quedó mareada observando la sangre. Sus dedos eran dobles y se agitaban suavemente como llamas. Sintió dolor y sin detenerse cruzó al otro lado. La misma calle de siempre la esperaba. Quiso haberlo soñado todo, aunque temió nunca poder despertarse.
-Es el espacio en sus cabezas lo que los mata- pensó mientras subía los escalones de su casa.

sábado, 2 de abril de 2011

Hannah y su presente



Había hecho todo lo que podía y finalmente se le habían agotado los recursos. El problema es que lo había intentado ya como tres veces y la resignación no aparecía. Se engañaba creyendo que algún día sería aquello que no debía ser. ¿Cuál era la interferencia entre su razón y su emoción? ¿Por qué se resistía a aceptarlo? Necesitaba algo distinto que le mostrara el por qué. ¿Es que siempre tenía tanto para dar a quien estaba harto de recibirlo? Tal vez eso de buscar la figurita difícil era un remanente de su otra vida. La verdad es que estaba cansada de las causas perdidas. Tal vez cuando dejara de luchar el tiempo le daría una tregua. Sabía que la merecía.
Estaba empezando a amanecer y caminaba rumbo a su casa. Se preguntaba cómo sería ese mismo día al año siguiente. Decidió que pondría la energía en otra cosa y que ya no se esforzaría. También quiso prometerse que por la mañana no cambiaría de opinión. Las resoluciones tomadas sin dormir se evaporan igual que promesas como dejar de fumar, empezar el lunes el gimnasio o hacer ese curso mil veces postergado. Son momentos de lucidez efímera que después no queremos ver.
Pero algo le decía que esta vez iba  a ser diferente aunque tuviera que plantarse en el desierto. Todo se desdibujaría y no tendría direcciones para saber hacia dónde dirigirse. Tendría que perderse para encontrarse como dijo alguien una vez. No era momento para mirar atrás, pero la retrospectiva de su vida le indicaba que siempre había sabido por dónde ir a pesar de todo. A pesar de tener los ojos deshechos ciertos días y de tener que ser consciente de ello (lo que resultaba aún peor). Porque a veces lo que queda no siempre es la esperanza, sino ese sentimiento tan auténtico que tiene mala prensa. Ese sentimiento que aunque no se lo quiera y se lo evite nos pertenece después de los huracanes. Como le dijo un amigo una vez, ese que tiene la culpa de la existencia de la mayoría de las cosas que te gustan.
Lo peor había pasado por eso iba a seguir su rumbo tratando de despreocuparse y confiando en que finalmente las partes se acomodarían al todo. Ya se había hermanado lo suficiente con su dolor y se habían dado la mano como viejos amigos. Ahora estaba dispuesta a empezar desde cero su marcha hacia la nada, hacia la alegría de ese instante inesperado de iluminación.

lunes, 31 de enero de 2011

Hannah y el caos

Detuvo el motor y la miró a los ojos. Supo que le pertenecía.
Ella había pasado mucho tiempo tratando de evitarlo porque presentía los problemas. Si por ejemplo estaba en un lugar lleno de gente, contaba cuántas personas vestían de rojo o se embarcaba en conversaciones fútiles. No les resultaba fácil tirar la primera piedra y la tensión de la espera agregaba un toque agridulce. Ambos sabían que ya era tarde para curarse.
Ella había estudiado sus movimientos largo tiempo y se había detenido en lugares insospechados como el vello de sus brazos o los cordones gastados de sus zapatillas. Sabía que se comía las uñas y se daba cuenta cuando estaba triste por el brillo de sus ojos. El a veces no podía disimular que le gustaba y cuando se descuidaba le dirigía una de sus largas miradas.
Estuvieron meses en una suerte de absurda guerra fría de aparente indiferencia. Pero ya tenían la idea y era sólo cuestión de tiempo para que se pusieran de acuerdo. La calma antes de la tormenta estaba por quebrarse.
Esa noche era ahora o nunca para ellos. Más ahora que nunca a partir del momento en que él se ofreció para llevarla.
 - No me digas que nunca pensaste algo como eso- le dijo él en el semáforo.
 - Sí, es cierto. Vos sabés mejor que yo como termina la historia y miento si te digo que no- le contestó ella cuando cruzaban la calle.
- Y como nadie se dio cuenta, después la embarrás del todo porque ya que te ensuciaste…
- Es el sabor de hacer lo que se supone que no se debe hacer, ¿no?
El asintió y dobló en la esquina. La última frase resonaba entre ellos. El la miró detenidamente mientras ella le indicaba dónde quedaba su casa. Observó con atención el movimiento de sus manos señalando y el color de sus uñas. Ella se dio vuelta y advirtió lo que decían sus ojos. No se esforzó por ocultarse porque ya no tenían por qué resistir al aire que libremente fluía. Ya no tenían que dar ni que pedir consejos. Ni que pensar en hacer las compras o en trabajar hasta tarde. Nada. No había nada entre ellos que lo tenían todo: un hermoso caos esperándolos.

miércoles, 19 de enero de 2011

Hannah y los raros


La  soledad le resultaba conocida. La costumbre no era algo que se podía perder fácilmente, lo sabía de sobra y no pretendía negarlo. Ningún mal hábito se pierde de un día para otro. Rebotaba siempre en el mismo lugar y tenía que hacer siempre el trabajo del otro.Como si tuviera que  recordar todo los días dónde le tocaba vivir. 
Se dio cuenta en un segundo que se había equivocado y quiso retroceder un momento. Se imaginó cómo hubiera sido todo si las cosas no hubieran sucedido, si hubiera aprovechado ese momento. 
Trataba siempre de olvidar antes que doliera y no era de quebrarse fácilmente. Buscaba las palabras adecuadas y no las encontraba, decidió entonces llamarse a silencio por un tiempo hasta notar una leve mejoría. Nada, todo seguía igual y se preguntaba hasta cuándo sería el cielo rojo. 
Se inventó una manera de no llorar e hizo un lugar en su cabeza para todo lo que no tenía. Era como querer gritar abajo del agua, simplemente no se podía. No se podía y ella lo sabía, ¿entonces por qué insistía? ¿Por qué su constante obstinación? ¿Se trataba de un inconsciente optimismo de su parte, un dejo de esperanza que se esforzaba por invadirla? A pesar de todo siempre lo intentaba y aunque quedara con los ojos negros iba a hacerlo nuevamente. Siempre contra la misma piedra en un monótono deja vu. 
Recordó la absurda conversación mantenida la noche anterior con una persona a la que apenas conocía. Le habían dicho que estaba a la defensiva y ella no fue capaz de retrucarle en la cara lo que pensaba porque no tenía ganas. Tendría que haberle dicho a ese imbécil todo lo que pensaba, pero tal vez no valía la pena gastar el tiempo. Por eso se dio cuenta que a veces no hablaba con la gente. 
Y después esas minas que hacían observaciones idiotas acerca de los raros del lugar. No podía creerlo y lo peor es que no se iban, ¿se trataría de un extraño caso de voyeurismo de rubias taradas? Las cosas que le tocaban ver a ella, si lo contaba no se lo creerían. A veces no entendía los lugares en los que la metía la vida. Miraba a su alrededor y sentía pena por las estrellas caídas y por todos los que no tenían nada mejor. Por todos los que se lastimaban por decir no. Pero se emocionaba pese a todo porque sabía que eran seres bellos que iban en contra de la corriente. Aunque muchos pensaran que no servían para nada, como esas minas llenas de ese asco que las afeaba. Manga de hipócritas, ¿qué se piensan qué es esto, un circo? ¿Qué están todos para entretenerlas en sus vidas estándar? 
Ya le había tocado sufrir por ser distinta y había decidido no esforzarse más por encajar en un modelo que no le interesaba. Lo mejor que había hecho era asumirlo y no preocuparse por ser lo que era. Era liberador, saber que no tenía que ser de otro modo y que quien la quisiera iba atener que aceptarlo. Vivir a pesar de todo lo que escuchaba, de todo lo que le querían vender o de las opiniones que le querían formar. Fue entonces que supo en un instante lo hermoso y triste que resulta todo a veces.

domingo, 2 de enero de 2011

Hannah y sus pestañas


Las sombras de nuevo. Las mil bocas y la falta de sueño. ¿Cómo dormirse en el medio del fuego? Tomó su bolso, se puso sus zapatos y salió. Tres horas más tarde estaba en un bar lleno de ojos y de gente como ella esa noche, con poco sueño y los ojos hinchados. Filas de ojos que se movían para la izquierda y la derecha. Ojos negros y pestañas más lindas que las de ella. Remera con inscripción.  Manos que se acercan y le alcanzan un vaso. Chistes pavos. Risas sin sentido y las pestañas para arriba y para abajo. Lindo cuello para detenerse en él. Escuchaba con interés y se esforzaba por no pensar en nada. Brazos también con inscripciones se veían como el lugar perfecto. Lleno de gente como estaba ella. Tan lindo, con esos dientes y los surcos que se armaban en sus mejillas cuando se reía. Se fue de sí misma, porque no era un lugar para quedarse. Salieron, caminaron y a su casa. Todo estaba desordenado, ropa, cds, libros... Como caerse en un pozo y salir enseguida, así se sentía. Dijo muchas mentiras. Se inventó otra vida porque no lo conocía y está bueno ser diplomática. Trabajaba en el exterior en una embajada, dijo. El la miró con cara de “no te creo”.
-Te juro que es cierto, no me mires así que me voy.
-¡A dónde?
-A Suiza, te dije, y no me escuchaste.
-A dónde te vas ahora, te pregunté.
-A ningún lado creo, ¿no?
- No.
Sonaba un tema nuevo, se levantó y fue al baño. Crema de afeitar, perfume y enjuague bucal. El mismo shampoo que usaba ella y pensó en darse una ducha. Supo que otro día iba a volver, aunque dijera no.
Volvió una vez o dos veces por semana. Salían, se reían y  después los ojos en el espejo con esa mirada de “yo te lo dije” y ella con cara de “no me digas nada”. El siempre con la misma actitud de no te necesito. Pero a ella le gustaba la forma en que la hacía perderse y como la hacía sentir tan bien con nada. Una tarde estaba por irse y él le pidió que se quedara. Lo miró a los ojos y vio que estaba hablando en serio. Se quedó un rato largo. Ella era la persona con la que mejor se entendía últimamente y no estaba nada contento con su vida. Pidió disculpas por cosas que nunca le hizo. Sus ojos tristes eran tan lindos y las pestañas más lindas todavía.  Su mano pasó por su cara y pasaron el siguiente fin de semana juntos. Se llevaban tan bien por la misma razón por la que no iban a durar. El la miraba y ella se daba cuenta que siempre terminaban haciendo lo mismo que habían hecho otros con ellos. En una forma extraña se querían porque los dos estaban con las piernas rotas y eran incapaces de negarse.  No hacía falta hablar aunque el mundo que conocían pudiera estar cayéndose, una mirada y se iban. Como aquella vez que se fueron caminando con la brisa fría del invierno que les daba en la cara y a medida que cruzaban la ciudad,  no decían nada porque sabían lo que el otro pensaba. Y después el agua de la ducha lentamente por su espalda esa mañana. Y sus ojos negros y sus pestañas más lindas que las de ella.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Hannah y el lugar equivocado


Estaba todo claro. La alegría de esos momentos en que se es feliz con muy poco. Con un gesto inadvertido que para ella era todo. Si pinchaba, ya no dolía porque se había acostumbrado a sus modos, los conocía y no se ocupaba de evitarlos. Eran parte del juego y la alimentaban. Estaba en su casa un día, buscando un par de medias en sus cajones, cuando encontró la nota en su cuaderno:
-“Y si te parece que el sol te va a encandilar, hacete a un lado y quedate conmigo viendo el último día que nos queda”- leyó.
Pensó y escribió:
- “El último día que nos queda es ese en que empezaremos todo de nuevo otra vez”.
Tenían la costumbre de dejarse notas y contestarse. Eran pequeñas sorpresas que se ocupaban de conservar todos los días lo que eran. Pequeñas sinfonías con los acordes justos, como la armonía de los instantes en que todo está en su espacio y tiempo. Se acordaba de la primera vez que lo hizo reír y lo bueno que estuvo ese momento, como se le iluminó la cara y como llegó a creer que aunque nada más pasara, siempre quedaría eso. Si lograba lo que quería, sabía que tal vez iba a ser difícil y que podía llegar a salir perdiendo de nuevo. Pero no le importaba, siempre que tuvieran esos momentos.
La típica melodía sonó en la radio y reconoció la canción.       
-“… y me queda verte
a vos…
y en el lugar equivocado…
Y qué es lo correcto
en el lugar equivocado.
Decime vos qué es lo correcto…”
- Lo correcto sería que hubiese cerrado la boca a tiempo. Soy la amenaza terrorista de mis propias relaciones- le dijo aquella vez su amiga llorando.
- No te cargues el 100 %. Vos sabés que la culpa es compartida y sólo diste el tiro de gracia- le contestó para consolarla.
- Pero siempre tengo la maldita costumbre de empezarla yo.
- Porque sos honesta y te cuesta comprarte buzones…
- ¿Qué puedo hacer para cambiar de una vez?
- No le veo sentido a cambiar, es algo bueno y es lo que me gusta de vos.
- Como dice esa canción, ¿cómo es que se llama?
- “En el lugar equivocado”
- Sí, “decime qué es lo correcto, si siempre estoy en el lugar equivocado”.
- Pero, ¿no te parece que hemos estado todos alguna vez en el lugar equivocado? Lo mejor fue lo que hiciste, te diste cuenta y te fuiste. Yo estuve como dos años en el lugar equivocado. La persona incorrecta, el lugar equivocado y yo incapaz de hacer nada.
- Sí, puede ser…
- No te sientas mal, hiciste lo que debías.
- Solo estoy en un mal momento…
- Y es tu mal momento, como decís siempre vos.
- Nos podríamos dedicar a hacer un dúo cómico.
- Sí y que nos paguen por cada mala relación que tuvimos. Mejor reíte y no llores.
- Siempre en el lugar equivocado.
- Hasta que un día encuentres lo que necesites.

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(Bonus track : “En el lugar equivocado” . Letras: Hannah O. Música: la que te guste)


Algún día,
estaré en el lugar correcto.
Mientras tanto
seguiré intentando
aunque me pierda
en el lugar equivocado.
Mientras tanto
seguiré intentando…

Fuera del tiempo,
¿seguiré siempre
en el lugar equivocado?
Perdiendo el tiempo,
en el lugar equivocado.
Dando vueltas,
fuera de mí…

Y qué es lo correcto,
decime vos qué es lo correcto
si siempre estoy
en el lugar equivocado.
Y me queda verte
a vos
y cómo te esforzaste por tenerlo
pero seguís igual
como yo
en el lugar equivocado.
Sin saber quién sos
y en el lugar equivocado.

Algún día
estaré en el lugar correcto.
Mientras tanto
seguiré intentando
aunque me pierda
en el lugar equivocado.
Mientras tanto
seguiré intentando…

En el lugar de otro,
el sin tierra de mi vida
y me penalizan
por estar en lo incorrecto…
Pero decime vos qué es lo correcto
si siempre estoy
en el lugar equivocado.
Vos y yo
en el lugar equivocado.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Hannah y la jauría



 Sí, pensaba demasiado hasta que se le quemaba la cabeza. A veces no sabía cómo hacer para que sus manos fueran tan rápido como sus ideas y detener a esa jauría salvaje que la acechaba por dentro.
- ¡Ahora vamos a ver al nuevo participante de la nooooooche!- decía con excesivo histrionismo el conductor del programa de éxito.
Cambió de canal y puso las noticias.
- ¡Ultimo momento! Balean a un chico sospechado de cometer un robo. La familia pide justicia.
- Dos más dos no siempre es cuatro- dijo en voz alta.
Otro pibe más muerto y ella no podía parar sus pensamientos.
Mil bocas la acechaban, llena de sangre y fuego como estaba.  Nueve meses de elipsis en su vida y ya no recordaba por qué. Por qué lo había querido mucho y cómo un día dejó de perderse en él. Su histeria de siempre diciendo no. Era como siempre, las mil bocas dormían en otros besos y la jauría acechándola una vez más. Había que hacerlas callar… Se miraba en el espejo y lo buscaba en sus ojos pero no lo encontraba. No había nada. Como si esos nueve meses hubiera estado en una especie de elipsis y volviera inmune de marcas y recuerdos. Miraba para todos lados, cerraba los ojos y trataba de evitarlas. Pensó que si lo dejaba entonces se irían, pero ellas seguían ahí. Cuando esperaba para cruzar una calle, en la cola del cajero, la miraban siempre fijo sin acercársele. Eran sombras que la rondaban y que cuando dormía se alimentaban de sus exhalaciones. Una noche, mientras hablaba con un amigo, aparecieron cuatro y tras un titubeo pudo seguir la conversación. Notó que un par la observaban, querían que les diera algo, algo que tal vez las haría grandes, algo que nunca podrían llegar a entender… No iba a dejarlas ganar aunque se rompiera los huesos. Muchos deambulaban por la vida, gente querida que estaba llena de luz pero que no había podido vencerlas. No iban a poder con ella. Ellas lo sabían y sólo podían auscultarla a la distancia anhelando el momento que nunca tendrían, absorbiéndole el aliento. Una sola vez se atrevió a sentir pena por una de ellas, pero estaba claro que ese ya no era su problema.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hannah y las utopías


- Es cierto, yo también alguna vez quise cambiar el mundo, pero ahora no, ya ves cómo son las cosas- le dijo un día su padre.
-……
La interrumpió antes de que pudiera retrucarle algo. No siempre el que calla otorga. Y siguió:
- Pero no me quejo, la verdad que no, con el tiempo he logrado todo lo que tengo. A vos nunca te faltó nada, ¿no?
¿Era una pregunta retórica o tal vez una autoafirmación que se decía para convencerse de que todo estaba bien? ¿Era por eso que cuando ella visitaba a sus padres, notaba ese silencio entre ellos, esa tensión de punta de cuchillos? “Juntos por los chicos”, pensó y se le ocurrió que era un buen nombre para una banda.
-Mirá hija, no te hagas más problemas. ¿Cómo está ese chico con el que salías, el artista?
- Me peleé hace tres meses, ¿no te acordás que lo dejé?
- Ah, sí, lo que pasa es que vos y tu hermano me marean con sus noviazgos, no les duran nada… Pero era artista, ¿no?
- Fotógrafo y no tenía laburo. Me tenía cansada.
- Y vos sos muy independiente y con tantas ideas, ya vas a conocer a alguien mejor. Pero no te gastes en cambiar el mundo, no hay nada que hacerle, esto fue y va a seguir siendo igual.
- Papá ya sabés que me niego a adaptarme, no voy a ganar pero lo voy a intentar.
- Está bien yo a tu edad pensaba igual.
- Mirá vos, no sabía que los ideales vienen con fecha de vencimiento…
- Con los ideales no se come.
- Pero se duerme tranquilo.
- ¿Y si no tenés dónde dormir?
- Tenés tu vida y tus principios que nadie te los puede quitar. Ni siquiera esa empresa de mierda para la que trabajo y que me chupa la sangre.
- Ay hija, me preocupás mucho a veces.
- No te preocupes que tengo qué comer y dónde dormir.
Miró la hora, se hacía tarde para continuar la conversación habitual de bueyes perdidos.
- Me tengo que ir. Mandale saludos a mamá y decile que en la semana paso a verla.
- Bueno, hija, cuidate mucho por favor, ya sabés que pensás demasiado…
- Sí, papá, no te preocupes, voy a estar bien.
Le dio un beso y se fue. Su padre se quedó un momento pensando y encendió el televisor.

martes, 9 de noviembre de 2010

Hannah y el silencio


Lunes de invierno, frío y lluvioso.
- Otro día azul- se dijo y salió tan apurada que se olvidó el paraguas.
Se acordaba todos los detalles de lo que había pasado unas horas antes. Recordó su beso y el ruido de la puerta al cerrarse después de despedirlo. Los buenos días y los te quiero ganándole al tiempo que los separaba. La noche anterior se les había pasado charlando acerca del mundo que no podían cambiar y después se habían dado cuenta que eran más felices si no hablaban.
- Y si te parece que el sol te va a encandilar, hacete a un lado y quedate conmigo viendo el último día que nos queda- le dejó escrito en su cuaderno.
Eran esos tiempos en que la vida no estaba pensada para los pares y pese a ello se animaban a nadar contra la corriente. Dolía como dolía también el no hacerlo y el ser conscientes que las palabras no alcanzan para decir todo lo que uno quiere. O que el tiempo, ese tirano eterno, es capaz de devorarte como el dios de un cuadro de Goya. Se habían prometido intentarlo y recibir los golpes del otro.
-Tengo miedo de morirme y no alcanzar a hacer todo lo que quiero- le dijo una vez.
- Puede sucederte, pero peor es morirte sin haber cambiado aquello que podés cambiar.
- Sí, pero lo único que no se puede cambiar es lo que uno no ha hecho.
- Sos optimista del vaso medio lleno vos, ¿no?
- Sí y te gano siempre.
- No siempre, a veces te doy la razón como a los locos para que te pongas contenta.
- Hmmm.
- Hmmm, ¿qué? ¿No te diste cuenta que igual te quiero?
- ¿Qué?
- Que te quiero.
- Yo también.
Y seguían así por horas, enredados como estaban en sus juegos, hasta que le dejaban ganar al silencio y a los besos.

sábado, 30 de octubre de 2010

Hannah y los objetos afilados




Necesitaba salir y hacer algo normal, así que fue al supermercado a pasear entre las góndolas. Su trabajo la estaba matando y había estado en uno de esos momentos en que por alguna oscura razón lo de todos los días no tiene sentido. Se sorprendió de las nuevas galletitas dulces que se preparan en tan sólo cinco minutos en el microondas y le pidió a la cajera un calmante.
-¿Algo más?
–Sí que por favor le peguen un tiro al cantante latino que no para de repetir como un desquiciado: te amaré, te amaré, te amaré…- pensó sin atreverse a decirlo.
-No- dijo su versión amable.
A veces creía que se iba a volver loca de sus dolores de cabeza y era en esos momentos en los que hacía cosas como preparar comida de más para la semana y guardarla en el freezer. O trazar ese plan inútil por el cual dejaría su trabajo y hasta escoger las palabras para decirle todo lo que pensaba a su jefe. Pero en el fondo seguía adelante y se juraba que si otra vez volvía a sentirse así, entonces tomaría la decisión postergada y volvería a empezar de nuevo. Sí, algo nuevo, eso que a veces pensaba que la estaba esperando a la vuelta de la esquina. Sólo estaba un poco deprimida y en esos momentos, se repetía, lo mejor iba a ser no tomar ninguna decisión apresurada.
-Nada de cambios bruscos, ya sabés, ni mudarte, ni dejar a tu novio ni renunciar a tu trabajo. Aunque no lo quieras, es lo único que tenés por el momento- le dijo una vez una buena amiga.
-Sí, ya sé, una cosa por vez, es un mal momento, sólo eso. Es mi mal momento, pero como vos decís es lo único que tengo. Eso y tal vez todo el tiempo…
-Sí, mucho tiempo de sobra para resolverlo. Pero sentate mañana tranquila y pensá entonces cómo vas a hacerlo. Digo, empezá a mirar los clasificados, decile a ese infeliz lo que te molesta o andá a una inmobiliaria.
-Sí ya sé, es lo mismo que cuando estás borracha y no podés pensar…
-Sí, aunque a mí a veces borracha se me vienen unas ideas muy buenas. Como esa vez que me di cuenta que quería salir con el vecino del tercero.
-¿Y cómo te fue?
-Ya sabés cómo, no preguntes, empieza muy bien pero termina siempre mal.
Y se rieron juntas, porque de eso se trata la vida a veces, te escupe y lo único que podés hacer es quedarte riéndote como una idiota. Eso y por supuesto mantenerse siempre lejos de los objetos afilados.

lunes, 11 de octubre de 2010

Hannah y los predicadores del odio



Ese día le había resultado muy largo, estaba cansada de las quejas de su jefe y cuando llegó a su casa se encontró con los reclamos de aquel que no hacía nada más que alimentarse de ella. Discutieron de nuevo por lo mismo de siempre y ella se enojó y se fue a comer afuera antes de soltar todo lo que tenía atragantado desde hacía meses. Lo había visto pretender que le importaba, pero ahora ni siquiera eso, y ya ni se acordaba por qué habían empezado a gustarse. Entró en la pizzería a la que iban a pedir siempre la comida, con el ruido de la tele no se escuchaba nada y el chico que atendía no podía tomarle el pedido. Se dio vuelta y buscó una mesa libre, a la derecha un conectado-desconectado y en la otra un grupo de hombres vestidos iguales con una insignia imposible de reconocer. Se sentó en la mesa que estaba desocupada, cercana a la extraña comitiva.  En cuanto se terminó de sentar, uno de ellos se puso de pie y dijo que ya era tiempo de que todos reconocieran que el odio había triunfado.
-Para qué vamos a esforzarnos por intentarlo, debemos hacer la guerra. Somos capaces siempre de tirar la primera piedra y cuando podemos aplastarle la cabeza al que tenemos al lado no vacilamos al hacerlo.-
El chico detrás del mostrador miraba para todos lados y no sabía si echarlo o llevarle la otra napolitana que le habían pedido. El conectado-desconectado estaba en trance hipnótico y no advertía nada y Hannah se lamentaba de haber dejado su infierno doméstico por otro peor. Entonces el que estaba hablando le dijo a Hannah:
- Dígame, nunca sintió realmente muchas ganas de matar al que la molesta, al que le arruina la vida. Ya sabe, entrar una anoche en su habitación y si por ejemplo lo encuentra durmiendo, ahogarlo con la almohada hasta que se le salgan los ojos  y se asfixie. Y agregó en voz baja:
- Yo sé que él la espera despierto pero finge que duerme y usted hace como que no se da cuenta y espera ansiosa el día en que no tenga que verle más la cara al despertar-. Hannah no entendía cómo este tipo que no la conocía era capaz de decirle eso y lo peor es que reconocía algunas de las emociones impolíticamente correctas.
- Lo mejor es admitir nuestra verdadera naturaleza de depredadores, ya sabe somos nuestros propios lobos pero nos han hecho creer por siglos que debemos amarnos-. Entonces intentó emitir una respuesta y otro miembro del grupo le acercó un papel que decía: "SI AL ODIO, NO AL AMOR. El ODIO FORTALECE, EL AMOR DEBILITA. NO SEAMOS MAS HIPOCRITAS Y DEJEMOS QUE EL ODIO REINE. IGLESIA DE LOS PREDICADORES DEL ODIO". Hannah se levantó inmediatamente y se fue del lugar porque su hambre se había tornado en asco.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Hannah y los conectados-desconectados


Hay un lugar en la ciudad en que viven en comunidad-incomunidad un grupo de seres llamados los conectados-desconectados. Se creen una gran familia y piden por todos, pero se inventaron un idioma propio que sólo ellos pueden entender. Hannah una vez se les acercó buscando una respuesta y le dijeron:
- Si quieres realmente ver debes vendarte los ojos y unirte a nosotros en el camino de la conexión-desconexión en donde todos somos un gran todo pero conservamos nuestras propiedades privadas.
Hannah intentó comprender su idiosincrasia y pensó que se trataba de un oráculo mientras los veía bailar juntos y separados. Sus ojos parecían vacíos como lo estaban tal vez sus almas, aunque no pudieran darse cuenta.
- Creen en todo pero no creen en nada, -pensó Hannah-. Prefiero a los que predican el odio porque al menos están vivos.
La vida para ellos es sencilla, sólo se conectan cuando quieren y en cuanto duele se desconectan, pero se pierden la mitad de la historia y como no saben bien de qué se trata inventan las partes escindidas como más les gusta. Pero las partes de cada uno no son iguales aunque hayan podido estar juntos en el mismo lugar al mismo tiempo.
-¿No se acuerdan muchas veces que me vieron y que hablaron conmigo y me dicen que son mis hermanos? ¿Es esta su idea de la vida, un entumecimiento constante de las emociones en pos de la búsqueda de su salvación individual? ¿Por qué se juntan a hacer aquello que los separa? ¿Por qué carajo dicen preocuparse por mí si ni siquiera se acuerdan mi nombre?.
Decepcionada y triste Hannah se planteó todo esto y llegó a la conclusión de que nunca se había sentido más sola que al estar en compañía de ellos.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Hannah y su futuro


“Hay 400 sillones para que te acuestes y vos ya no sos mi problema”, le había dicho Hannah al terminar aquella discusión. Luego salió aturdida de tantas palabras vanas, del griterío y de la caravana de turistas de fin de semana largo de la tele. Se fue lejos a caminar por las calles sin nombre y se encontró en la puerta con un montón de rostros idénticos que miraban la hora y preguntaban cuándo.
-¿Cuándo qué? ¿Cuándo van a ser felices en el medio de este sistema que se alimenta de miserias? ¿Cuándo van a ser felices cuando a unos pibes les pegan un tiro en la cabeza en una ciudad blanca?-, pensó.
Se cruzó con otro que, al verle la cara, le pidió que le contara lo que le pasaba.
-Mira, le dijo, voy a contarte todo y después podrás decirme lo que te parece. La culpa fue toda mía, sí, porque reconozco que hice como en esas películas de terror en las que la rubia va hacia su muerte. Es que me hice mucho mal, sólo con pensar en lo que no debo pensar. También soy culpable de haber amado a quien no se lo merecía y en creer en eso de que siempre hay que poner la otra mejilla. Y por supuesto, tengo la culpa de comerme ese verso de que hay que levantarse temprano para ir a trabajar. Pero ya basta, no pienso vivir más preocupándome por lo que piensan aquellos que no se atreven a hacerlo y no me voy a disculpar por lo que soy: una mujer que trata de seguir sus convicciones-.
El otro se la quedó mirando fascinado y ella comprendió que lo mejor iba a ser que se fuera de ahí enseguida antes de meterse en líos nuevamente, porque a él se le estaban asomando los colmillos y a ella le tocaba ser siempre la ovejita de turno.
Siguió caminando por las calles sin nombre y se cruzó con un grupo de conectados- desconectados que cantaban frases en arameo y la invitaban a prepararse para el fin del mundo. No se detuvo y terminó en un lugar lleno de gente y de pibes de remeras con letras. Se sentó en una mesa al fondo y se quedó observando el movimiento incesante de las zapatillas y los cabellos. Todo parecía transcurrir en cámara lenta, como aquella vez en que una jauría se le acercó pero no pudo con ella.
Al instante notó entre la multitud unos ojos que la miraban. De entre todos los de negro más negro, uno la miraba y volvió a sentir aquello que creía perdido. Inmediatamente dejó de pensar en todo lo que tenía que hacer y decir y se quedó con esa sonrisa y con esas pavadas que te hacen sentir bien cuando estuviste mal. Sabía que no tenía que preocuparse, porque el tiempo se ocuparía de ella y le daría lo que debiera tener. Y si no fuera así, entonces él la acompañaría a su casa y le señalaría el final del camino. Y a pesar de todo, eso estaba bien para ella.

lunes, 16 de agosto de 2010

Las crónicas de Hannah

Hannah y su pasado



Tele encendida en canal de noticias. Platos sucios en la cocina que él otra vez olvidó lavar y su beso dasapasionado en el desayuno terminó de detonar aquello que, como una pústula al borde de estallar, estaba asomando. El ya no la quería, si es que lo había hecho, y ella ya no podía soportar la comedia.
-¿Ya tenés lo que querías?- le contestó enojado cuando ella lo increpó para reclamarle una vez más su falta de atención.
Entonces esta gota derramó el vaso y empezó la guerra de reproches mutuos, y que ella sabía de sus andanzas y que él era un hipócrita que cuidaba las apariencias y que me voy, estoy cansada y me voy.
-Se terminó, no, se terminó, no quiero más, no podemos arreglarlo esta vez, ya no queda nada que arreglar y no intentes repararme porque no estoy rota.
La verdad es que desgraciada e infeliz la había hecho, a ella que se la pasaba corriendo detrás de vanas ilusiones y llenándole los días. Y él sólo le echaba la culpa y demostraba ser incapaz de la más mínima autocrítica. Entonces le cantó una frase de una de sus canciones favoritas, esa que alguna vez cantaron juntos:
“…y cuando te aprendas la letra,
puede que la vida perfecta,
llena de algodones que buscabas
se esté desvaneciendo
como el espejismo que eras…”
Y él seguía esforzándose como quien sabe que lo hace por última vez y le pidió con un tono poco convincente:
- perdón, perdón, por favor.
Y todo con los gritos de una promoción de televisores a mitad de precio en un conocido local de la zona.
-¿No te das cuenta que resultaste ser uno más de ellos?- le dijo ella furiosa.
Luego siguió con la letra:
“Volvete a tu mónada de egoísmo,
no intentes desdoblarte.
No te camufles en ideales
que no entendés.”
-Serías más creíble si te hicieras cargo de lo que sos y te dedicaras como todos los demás a la conexión-desconexión.
-“Porque a más de uno
le tocó salir de un lugar peor
pero igual nunca quiso
ir a Robotlandia”-, siguió tarareando.
- Me voy y sin quejas, por favor. Y te pido que a donde sea que vaya, no me busques más con la mirada. Hay 400 sillones para que te acuestes y vos ya no sos mi problema.
La imagen del locutor dando las buenas noches se desdibujó en la fría pantalla.