sábado, 4 de enero de 2014

Siberia # 1




No creía poder rescribir esa noche. Ni llorar, al menos más que de bronca.
Outsider de todos lados, el callejón se estrechaba y la empujaba a tomar una determinación. No quedaba nada a la vista para agotar, ya la rutina le indicaba que si la seguía su vida sería eterno aburrimiento.
Estaba aprendiendo a hacer las cosas normales sin quererlo y esto la asustaba porque no era lo que esperaba de sí misma. No quería ser parte del montón: no quería comprar la felicidad en cuotas que le ofertaban; ni la casa con los niños con dientes perfectos o el marido que no la iba a querer, para tener que separarse a los 50 y empezar de nuevo. Se veía tan a la vista, que no hacía falta decir que era predecible.
No podía escribir cosas como estas sin llegar a caerle mal a alguien. No estaba apurada, no pensaba salir en avisos exitistas en los que sería tan solo una parte de su cuerpo. Como si esta fuera la clave para por fin poder ser ella misma. Como si su valor dependiera de otro.
Tampoco tenía ganas de discutirles en la cara a los demás o de explicar sus retorcidas maneras.  Siberia sería el destino inevitable mientras resistiera los intentos de normalización mental. 
Había llegado al punto de no querer dar razones para su aparente sin razón. Ni respuestas para preguntas capciosas acerca de ideologías u opiniones tele dirigidas. Iba a hacer lo que siempre creía haber hecho, 
lo que ella quería. 

Finalmente lo que le importaba no estaba cerca de allí ni por un milímetro. 

sábado, 15 de junio de 2013

Caza solitaria


Lejos tenía que irse para entender el principio de todo, para darse cuenta que estaba mucho mejor de lo que pensaba. Mucho mejor sola.  Fue mímesis absurda e ineficaz, vana inconsistencia.
Una vez más la música estaba fuerte y las ánimas se despertaban.  Tenía escasas certezas. No pensaba festejar nada,  pero no iba a quedarse esperando a que las cosas cambiaran.
La última vez que lo vio, no creía haberlo dejado muerto; entonces por las dudas le cortó la cabeza. Pretender vivir siempre había sido su juego y ella no tenía más tiempo que perder junto a alguien que todavía no había nacido. 
Había logrado seguir adelante, lo había hecho por su cuenta y el saldo a simple vista no parecía favorable. Pero en el fondo sabía que había hecho lo correcto.
No le quedaba otra que sumergirse en el riesgo de intentar ser ella misma, con sus propias condiciones. Allí donde la nada se igualara con el todo, la dejarían o la tomarían; pero nunca sería parte del limbo del desgano.
Lo había decidido, había encontrado la manera para hacerlo de una buena vez. Ya no podía detenerse, no sin antes dar todo lo que tenía.
Sus tristes polaroids perderían el brillo y algo luminoso y radiante las reemplazaría.  Lo sabía,  mejor dicho lo intuía. Lo veía entre sueños despierta.  Faltaba muy poco, cada vez menos para que llegara su momento.  

Mientras tanto observaría atenta las señales y afinaría su olfato. Estaba casi lista para despegar del lugar que le quedaba, pronta a salir a recorrer para emprender la caza solitaria de su alma.

viernes, 26 de octubre de 2012

Hannah y el duelo eterno


Llevaba varios meses inmersa en el ocaso de lo viejo, en la pérdida de todas las certezas, en el ejercicio de no intentar aferrarse a nada conocido. En una sorda batalla, sin aliados, en la que se desafiaba a sí misma.
No podía decirlo con palabras, pero sabía que el duelo eterno había comenzado hacía mucho tiempo.
-El mundo entero siempre tiene razones para tirarte abajo-.
-Pero yo creo que existe lo noble en algún lado- contestó ella.
-No nos vamos a entender. Yo creo más en eso de vivir y dejar morir...- replicó él.
No tenía sentido intentar entablar el diálogo. Pertenecían a dos mundos equidistantes: nihilismo e idealismo.
-Es tarde, me tengo que ir.
-Bueno. Te acompaño hasta la puerta.
Intentó besarla, pero no tenía sentido y ella se lo dio a entender. El hastío es un sentimiento del que conviene escapar a tiempo.
No podía evitar salir corriendo cuando se cruzaba con personas como él, inmersas en su evasión y autocomplacencia. No era su culpa el ser así, ¿de quién era la culpa, entonces? Mejor no buscar culpables ni inocentes, en determinado momento cada uno tiene el destino que le corresponde.
Estaba tranquila porque sabía que cuando dijera las palabras exactas en el momento indicado, encontraría lo que estaba buscando. Sus pies debían seguir firmes, después de todo, y su alma debía estar atenta a su conciencia.
El resto se convierte en prescindible, mientras lo que basta es un paso y luego el otro…