martes, 9 de noviembre de 2010

Hannah y el silencio


Lunes de invierno, frío y lluvioso.
- Otro día azul- se dijo y salió tan apurada que se olvidó el paraguas.
Se acordaba todos los detalles de lo que había pasado unas horas antes. Recordó su beso y el ruido de la puerta al cerrarse después de despedirlo. Los buenos días y los te quiero ganándole al tiempo que los separaba. La noche anterior se les había pasado charlando acerca del mundo que no podían cambiar y después se habían dado cuenta que eran más felices si no hablaban.
- Y si te parece que el sol te va a encandilar, hacete a un lado y quedate conmigo viendo el último día que nos queda- le dejó escrito en su cuaderno.
Eran esos tiempos en que la vida no estaba pensada para los pares y pese a ello se animaban a nadar contra la corriente. Dolía como dolía también el no hacerlo y el ser conscientes que las palabras no alcanzan para decir todo lo que uno quiere. O que el tiempo, ese tirano eterno, es capaz de devorarte como el dios de un cuadro de Goya. Se habían prometido intentarlo y recibir los golpes del otro.
-Tengo miedo de morirme y no alcanzar a hacer todo lo que quiero- le dijo una vez.
- Puede sucederte, pero peor es morirte sin haber cambiado aquello que podés cambiar.
- Sí, pero lo único que no se puede cambiar es lo que uno no ha hecho.
- Sos optimista del vaso medio lleno vos, ¿no?
- Sí y te gano siempre.
- No siempre, a veces te doy la razón como a los locos para que te pongas contenta.
- Hmmm.
- Hmmm, ¿qué? ¿No te diste cuenta que igual te quiero?
- ¿Qué?
- Que te quiero.
- Yo también.
Y seguían así por horas, enredados como estaban en sus juegos, hasta que le dejaban ganar al silencio y a los besos.

sábado, 30 de octubre de 2010

Hannah y los objetos afilados




Necesitaba salir y hacer algo normal, así que fue al supermercado a pasear entre las góndolas. Su trabajo la estaba matando y había estado en uno de esos momentos en que por alguna oscura razón lo de todos los días no tiene sentido. Se sorprendió de las nuevas galletitas dulces que se preparan en tan sólo cinco minutos en el microondas y le pidió a la cajera un calmante.
-¿Algo más?
–Sí que por favor le peguen un tiro al cantante latino que no para de repetir como un desquiciado: te amaré, te amaré, te amaré…- pensó sin atreverse a decirlo.
-No- dijo su versión amable.
A veces creía que se iba a volver loca de sus dolores de cabeza y era en esos momentos en los que hacía cosas como preparar comida de más para la semana y guardarla en el freezer. O trazar ese plan inútil por el cual dejaría su trabajo y hasta escoger las palabras para decirle todo lo que pensaba a su jefe. Pero en el fondo seguía adelante y se juraba que si otra vez volvía a sentirse así, entonces tomaría la decisión postergada y volvería a empezar de nuevo. Sí, algo nuevo, eso que a veces pensaba que la estaba esperando a la vuelta de la esquina. Sólo estaba un poco deprimida y en esos momentos, se repetía, lo mejor iba a ser no tomar ninguna decisión apresurada.
-Nada de cambios bruscos, ya sabés, ni mudarte, ni dejar a tu novio ni renunciar a tu trabajo. Aunque no lo quieras, es lo único que tenés por el momento- le dijo una vez una buena amiga.
-Sí, ya sé, una cosa por vez, es un mal momento, sólo eso. Es mi mal momento, pero como vos decís es lo único que tengo. Eso y tal vez todo el tiempo…
-Sí, mucho tiempo de sobra para resolverlo. Pero sentate mañana tranquila y pensá entonces cómo vas a hacerlo. Digo, empezá a mirar los clasificados, decile a ese infeliz lo que te molesta o andá a una inmobiliaria.
-Sí ya sé, es lo mismo que cuando estás borracha y no podés pensar…
-Sí, aunque a mí a veces borracha se me vienen unas ideas muy buenas. Como esa vez que me di cuenta que quería salir con el vecino del tercero.
-¿Y cómo te fue?
-Ya sabés cómo, no preguntes, empieza muy bien pero termina siempre mal.
Y se rieron juntas, porque de eso se trata la vida a veces, te escupe y lo único que podés hacer es quedarte riéndote como una idiota. Eso y por supuesto mantenerse siempre lejos de los objetos afilados.

lunes, 11 de octubre de 2010

Hannah y los predicadores del odio



Ese día le había resultado muy largo, estaba cansada de las quejas de su jefe y cuando llegó a su casa se encontró con los reclamos de aquel que no hacía nada más que alimentarse de ella. Discutieron de nuevo por lo mismo de siempre y ella se enojó y se fue a comer afuera antes de soltar todo lo que tenía atragantado desde hacía meses. Lo había visto pretender que le importaba, pero ahora ni siquiera eso, y ya ni se acordaba por qué habían empezado a gustarse. Entró en la pizzería a la que iban a pedir siempre la comida, con el ruido de la tele no se escuchaba nada y el chico que atendía no podía tomarle el pedido. Se dio vuelta y buscó una mesa libre, a la derecha un conectado-desconectado y en la otra un grupo de hombres vestidos iguales con una insignia imposible de reconocer. Se sentó en la mesa que estaba desocupada, cercana a la extraña comitiva.  En cuanto se terminó de sentar, uno de ellos se puso de pie y dijo que ya era tiempo de que todos reconocieran que el odio había triunfado.
-Para qué vamos a esforzarnos por intentarlo, debemos hacer la guerra. Somos capaces siempre de tirar la primera piedra y cuando podemos aplastarle la cabeza al que tenemos al lado no vacilamos al hacerlo.-
El chico detrás del mostrador miraba para todos lados y no sabía si echarlo o llevarle la otra napolitana que le habían pedido. El conectado-desconectado estaba en trance hipnótico y no advertía nada y Hannah se lamentaba de haber dejado su infierno doméstico por otro peor. Entonces el que estaba hablando le dijo a Hannah:
- Dígame, nunca sintió realmente muchas ganas de matar al que la molesta, al que le arruina la vida. Ya sabe, entrar una anoche en su habitación y si por ejemplo lo encuentra durmiendo, ahogarlo con la almohada hasta que se le salgan los ojos  y se asfixie. Y agregó en voz baja:
- Yo sé que él la espera despierto pero finge que duerme y usted hace como que no se da cuenta y espera ansiosa el día en que no tenga que verle más la cara al despertar-. Hannah no entendía cómo este tipo que no la conocía era capaz de decirle eso y lo peor es que reconocía algunas de las emociones impolíticamente correctas.
- Lo mejor es admitir nuestra verdadera naturaleza de depredadores, ya sabe somos nuestros propios lobos pero nos han hecho creer por siglos que debemos amarnos-. Entonces intentó emitir una respuesta y otro miembro del grupo le acercó un papel que decía: "SI AL ODIO, NO AL AMOR. El ODIO FORTALECE, EL AMOR DEBILITA. NO SEAMOS MAS HIPOCRITAS Y DEJEMOS QUE EL ODIO REINE. IGLESIA DE LOS PREDICADORES DEL ODIO". Hannah se levantó inmediatamente y se fue del lugar porque su hambre se había tornado en asco.